El Médico





Javi corre! ...  escuchaba su voz… Adelaida corría gritando y riendo a su lado.  Sentía el agua en la cara como agujitas, de las gotas de lluvia y volvían del río… su corazón latía fuerte, no sabía si por la emoción o por el esfuerzo de la carrera, la seguía escuchando, ella corría delante de él… riendo… ─ ¡Alcánzame Javi!…  se quedaba sin respiración no podía alcanzarla, cada vez, la escuchaba más lejos y su silueta se borraba poro a poco, mientras el aire le faltaba en los pulmones… un dolor agudo en el pecho le hizo detener la carrera… y despertar.  Empapado en sudor Javier Bonilla despertó en su cama.  Sentía que el corazón le salía por los oídos, casi no podía respirar.  Llevaba 23 años, teniendo ese sueño, y cada vez que lo tenía creía que moriría irremediablemente.

Se levantó y fue a la cocina.  Aun sentía el corazón acelerado y esa emoción monumental que lo embargaba después de su carrera onírica con Adelaida.   De alguna manera, ese sueño repetido por tanto tiempo, le había permitido recordarla, como si nunca se hubiese ido.

De camino al hospital, siguió pensando en Adelaida, en las mil y una cosa que no compartieron y  en el centenar de cosas que sí.  Terminaba su residencia en un hospital de la capital y entonces tendría la libertad para realizar su sueño, trabajar de médico rural en las fincas bananeras, y de alguna manera volver con ella…

*************************************************************************
Javier Bonilla, nació en una finca bananera, literalmente hablando.  Sus padres, campesinos de una comunidad muy pobre, emigraron buscando trabajo y llegaron a las finca #27, un noviembre muy lluvioso, con un embarazo a término, y una mano delante y la otra detrás.  Habían salido huyendo de si pueblo, con el susto a los desconocido y una carta de recomendación del cura de su comunidad, el Padre Pastor, un español descarriado que terminó en cura para no ser contrabandista como toda su familia.  El Padre Pastor, llevaba el sacerdocio de una manera muy particular, y se había ido a  vivir aquella montaña, porque consideraba que además de encontrar a Dios, por allá, nadie lo encontraría para cobrarle alguna deuda familiar.  Pero como dice el dicho, “moro viejo no es buen cristiano”, el Padre Pastor, nunca pudo separarse del todo de “las cosas del mundo”, como él llamaba, a las relaciones de trapicheo de cualquier cosa, bien material o influencia, que tenía con algunos lugareños y vecinos del lugar, y que el disculpaba en sus oraciones matutinas, contándole al mismo Dios, en voz muy baja,  que eso solo era un método para alcanzar el fin deseado de llevar  las almas a su reino.  Así que cuando Plácido Bonilla, se acercó a su confesionario, con sus zapatos rotos, y su camisa hecha harapos para contarle que tendría un hijo con una moza del pueblo, sin estar casados, y sin que sus suegros lo supieran, el Padre Pastor, supo al instante que necesitaba sacarlos de ahí, antes que el suegro se enterara, y que en vez de un matrimonio, tuviera que celebrar un funeral… o dos.

Plácido Bonilla y Lucinda Guerra se casaron en la madrugada del día de los santos difuntos del año 1973, debajo de un aguacero atronador, y con dos únicos testigos; Anita Peña, la mejor amiga de la novia, y Crescencio Bejerano, el padrino de bautizo del novio, en la iglesia de la Virgen de la Caridad.  El Padre Javier Pastor, citó a los novios a las 5 de la mañana, antes de la primera misa.  Realizó una ceremonia muy sencilla, les dio la bendición, y un sobre con algún dinero que había logrado reunir con sus “cosas del mundo”, y les deseo mucha suerte.   Anita Peña, les había llevado una canasta con comida, para el viaje, y el padrino le regalo al ahijado un caballo y un consejo: “ahora es un hombre, cuide a su familia, y no mire atrás”.  El Padre Pastor, les dio además una carta y una dirección en la finca bananera #27, y les dijo que el capataz los estaría esperando.

El día que Plácido y Lucinda llegaron a la finca bananera # 27 hubo un aguacero monumental.  Eran las 4 de la tarde, cuando los recibió el capataz.  Parecían dos pajaritos mojados.  Cuando el capataz los vio, sintió lastima e inmediatamente mandó a preparar un cuarto limpio,  y ropas secas para los recién llegados, y antes de hablar de trabajo, les hizo servir una sopa caliente.

Cuando estaban cenando en el comedor del viejo caserón de madera que servía de casa del capataz y al mismo tiempo de oficina de la compañía bananera, Don Rodrigo Fernández, capataz de la compañía, se sentó a cenar con ellos.

─ ¿Cómo está el Padre Pastor? ¿Sigue tan sinvergüenza como siempre, o ya se ganó el cielo?

Limpiándose con la manga de la camisa, Plácido le extendió la carta del padre, y le contestó un sencillo  “Aquí le manda”.

Don Rodrigo tomó la carta y la leyó en silencio, luego se dirigió a Lucinda y le preguntó
 ─ ¿Y para cuando es el niño?  por lo visto no falta mucho.
Lucinda era casi una niña, con 18 años, los únicos hombres que le habían hablado en su vida eran su padre, que le gritaba casi siempre, y Plácido Bonilla, así que cuando Don Rodrigo le habló no supo determinar, el tono de lástima y conmiseración que utilizó para dirigirse  a ella, y sin saber porque se sintió avergonzada, pero agradecida al mismo tiempo.

 ─ No lo sé señor, pero últimamente no me siento muy bien.

Don Rodrigo se dio cuenta que ella estaba en los huesos, y con cara de estar de parto,  así que debajo del aguacero, mando a buscar a una comadrona de un pueblo vecino a la finca, y dijo a una de las mujeres de la cocina, que llevara la chica al cuarto para que descansara.  Cuando se quedó con Plácido le dijo, bueno chico, este será el trabajo, necesito un jornalero en la finca de banano, te pagaré quince dólares a la semana.  Los turnos son de 12 horas, te daré un cuarto para ti y tu familia, y podrás comprar en el comisariato de la finca algunas cosas, como comida o tela.   Tendrás el domingo libre.

Ahora ve con tu mujer que creo que serás padre esta noche, y que sepas que hago todo esto porque se lo debo al cura, así que ya puedes darle las gracias, si lo vuelves a ver.

Tres horas más tarde, cuando la comadrona llegó apenas tuvo tiempo para cortarle el cordón umbilical y asear a la parturienta. La madrugada del  6 de noviembre de 1973, nació Javier Bonilla Guerra, en la casona de las oficinas de la finca bananera # 27. Cuando Plácido vio a su hijo, decidió que se llamaría Javier, como el cura, quien había sido la única persona que lo había ayudado de manera desinteresada, a pesar que él jamás había ido a misa, y decidió además que en cuanto pudiera bautizaría a su hijo, para que no creciera como él, sin Dios en su vida.

El bautizo de Javier Bonilla, se realizó sin celebraciones.  El padre Javier Pastor llegó a la finca #27 cuando el bebé tenía dos meses, y celebró en persona el bautizo.  Don Rodrigo fue el padrino y Anita Peña, que había viajado con el padre, fue la madrina.

La vida en la finca bananera # 27 discurrió de una manera tranquila y feliz. Javier Bonilla, hijo de un jornalero más de la finca, aprendió como todos los niños de la finca, las labores del cuidado y producción del banano desde aproximadamente los 8 años de edad.  Iba a la escuela a aprender las letras, y por las tardes, se iba al monte con su padre.  Le gustaba mucho la vida en la finca, tenía muchos amigos, que primero se veían en la escuela, y por las tardes en el monte, donde además de trabajar, jugaban diferentes cosas, y esa diversión nunca les permitió concebir el duro trabajo que hacían, como algo difícil, sino más bien aquello era un mundo diferente, natural y divertido del que a Javier no quería salir jamás.
En su cumpleaños número diez, ocurrió algo que cambiaría su vida para siempre.  Don Rodrigo se jubiló y en su reemplazo enviaron a Don Agustín Cifuentes.  Un hombre guapo, cuarentón, buena persona, y de un hablar pausado.  A diferencia de Don Rodrigo, Don Agustín no quiso vivir en el edificio de las oficinas, porque a su mujer, Doña Adela, no le parecía un lugar para criar a una niña, y ellos tenían una. 

Adelaida Cifuentes tenía 10 años cumplidos cuando llegó a la finca #27 de la mano de su madre.  Tenía los cabellos castaños, en bucles largos y ya empezaba a notarse en su mirada la evolución de niña a mujer.  En la presentación del nuevo capataz, estuvieron todos los empleados con sus familias.  Y ahí se encontraba Javier, cuando Adelaida Cifuentes se le acercó y le pregunto ¿Cómo te llamas niño?

Ese episodio trivial cambió su vida para siempre.  De pronto fue consciente de su ropa sucia, de sus zapatos rotos, de que no se bañaba desde hacía dos días, aunque su madre se empeñaba en que lo hiciera a diario.  Lleno de vergüenza, salió corriendo a su casa, con la intención de no ver a esa niña nunca más.  Cuando sus padres llegaron a casa, su madre le dijo que tenía que llevarle un trozo de dulce de cumpleaños al señor capataz, para su hija, y él dijo que no lo haría porque le dolía la cabeza.  Su madre, adivinando que el dolor no era la cabeza, sino de vergüenza, agregó, ─ Ese dolor de cabeza, se mejora si te bañas, te peinas y te pones ropa limpia, así que apúrate que se anochece.  El tono de su madre, fue inflexible, y Javier supo que tendría que ir.  Así que se bañó, se cambió de ropa, se peinó y salió con expresión muy seria de su casa, llevando en la mano con mucho cuidado la cajita con el trozo de pastel.

Encontró a Adelaida en el portal de su nueva casa, leyendo un libro, mientras su madre, con las mujeres del servicio se afanaba en acomodar la mudanza.  Ella lo vio venir,  y salió corriendo a su encuentro, riéndose, y Javier empezó a sentir que no podía respirar.  Le sucedió desde la primera vez que la vio, siempre sería así.

─ ¡Hola niño! ¡No me dijiste cómo te llamas!
─Buenas señorita, Javier, Javier Bonilla.  Mi madre le envía este trozo de pastel, es que sabe usted, hoy es mi cumpleaños.
─ ¿Señorita?... me llamo Adelaida, no me digas así ─  dijo en un tono muy serio.  Además ¿cómo me dirás en le escuela? ¿Señorita?...

Javier sintió que una burbuja caliente le recorría el esófago, y le dieron ganas de llorar de la emoción, pero se contuvo.  Doña Adela salió al portal y lo hizo pasar.  Le dio las gracias, y le dijo a Adelaida que le ofreciera algo de tomar al chico, porque ella no lo podía atender.  Compartieron el trozo de dulce, y dos vasos de limonada que alguien les trajo.  Adelaida hablaba y hablaba, y Javier no entendía de que hablaba, solo quería quedarse ahí sentado, tomando limonada con pastel, durante siglos y siglos, pero Doña Adela, salió para decirle que estaba anocheciendo que era hora de regresar a su casa.

Desde ese día Javier cambio.  Ahora se bañaba tres veces al día, se peinaba, se alejó de su antigua pandilla, y los demás niños empezaron a decirle que estaba enamorado de la hija del capataz. Su madre, que pensaba que esa amistad lo haría sufrir trato de apartarlo de ella de cualquier forma.  Un viernes por la tarde, después de toda una semana, en que Lucinda no permitió a Javier ver a Adelaida después de la escuela, la niña se presentó en casa de los Bonilla con una pila de libros y le dijo a Lucinda que ella venía a ayudar a Javier con la lectura, porque en realidad iba muy mal en eso.  La desarmó.

Desde ese día Adelaida y Javier Bonilla fueron inseparables.  Ella le hizo prometer que mejoraría su lectura porque si no sus madres no les permitirían ser amigos.  Y Javier cumplió.  De ser un niño de notas mediocres, se convirtió en el primero de su clase. Leía todo lo que caía en sus manos, libros de textos, periódicos, y poco a poco fue abandonado el monte, donde ayudaba a su padre en las faenas de labranza.

*************************************************************************
Cuando el Doctor Javier Bonilla llegó esa mañana al hospital, encontró en su escritorio, la contestación a su petición para médico rural en el área de las fincas bananeras.  A finales de marzo terminaría su residencia, y estaría listo para regresar.  Volvió a sentir la burbuja caliente en el esófago, y tuvo que sentarse un momento para respirar mejor.  Abrió el sobre, y leyó

“Estimado Doctor Bonilla:
Hemos recibido su petición para ejercer de médico en el área de las fincas bananeras.  Considerando su petición, lastimosamente nos toca informarle que no  contamos en este momento con instalaciones sanitarias en esta área.  Hemos hecho algunos esfuerzos encaminados a proveer de asistencia sanitaria la zona bananera, pero aun no contamos con estructuras.  Hemos desarrollado un programa médico consistente en visitas semanales, que un equipo médico realiza a lo largo de la zona, además de haber implementado una línea de teléfono de emergencias exclusiva para el área.  Lamento informarle que a pesar de nuestros esfuerzos, la tasa de accidentes mortales, y de consideración en las fincas, sigue siendo alta, aunque cabe destacar que las enfermedades infecto-contagiosas han descendido en los últimos años, gracias a los programas de vacunación implementados.

Si continúa interesado en trabajar con nosotros, podemos ofrecerle un puesto de director del equipo médico que se desplaza al área semanalmente y el resto del tiempo, llevar una consulta especializada en nuestro centro de salud.”

La nostalgia. Ese animal enjaulado que es la nostalgia, que te levanta del suelo, que te agita en la nada y te deja caer.  Se recostó en la silla y cerró los ojos…

*************************************************************************
─ Javi, mira el cielo, parece hecho de algodón…  Ya no me duele la pierna Javi, no llores por mí, ahora estoy bien…

El año que Adelaida Cifuentes murió, Javier tenía13 años.  Esa tarde terminaron de leer temprano porque querían ir a pescar.  Doña Adela dijo que no, porque era peligroso, y Javier se fue a su casa.  Pero a los quince minutos una piedra dio en el marco de su ventana, y al asomarse vio a Adelaida con una caña de pescar y una enorme sonrisa esperándole en el camino de atrás de su casa. Saltó por la ventana y se fueron a pescar.  Estuvieron horas jugando y pescando.  Cuando iban de regreso ella empezó a correr, Javi… Javi... alcánzame, el trataba de alcanzarla, y lo siguiente que vio fue como Adelaida se desplomaba en el camino. A corta distancia, una víbora terciopelo se enroscaba lista a atacar, la niña la había pisado.  Tomo el machete y de un tajo le corto la cabeza.  Pareció que la víbora conjurara el temporal. Comenzó a llover torrencialmente. Javier tomó a la niña en brazos, y corrió tan rápido como el peso de ella, y el aguacero se lo permitían sin parar y sin respirar hasta la casa de Adelaida.  Entró asustado y empapado gritando y llorando y depositó la niña en el suelo.  Doña Adela que no entendía lo que ocurría tardo unos instantes en reaccionar.  Pensaba que le niña dormía en su habitación luego llamo a sus criados, y pregunto a gritos que había ocurrido.  Javier entrecortadamente por las lágrimas y la falta de aire le contó que la había mordido una víbora terciopelo de regreso del río. Don Agustín, no estaba en la finca, y tendrían que traer un médico pronto.  Los hombres salieron a buscar el médico, pero la tormenta no les permitía avanzar. Javier se quedó en la habitación de Adelaida, y no hubo poder humano que lo sacara de ahí. 

A las 9 de la noches, Adelaida lo miró, con los ojos afiebrados, y le dijo:
─ Mira el cielo…  parece que es de algodón… no llores por mí Javi, ya no me duele la pierna… y murió mientras el médico y la partida de hombres que lo fueron a buscar desencallaban uno de los caballos en el barro del pantano.

El entierro de Adelaida Cifuentes, fue el acontecimiento más triste que se recordó en la finca en muchos, muchos años.  La familia de la niña estaba destrozada, y Javier Bonilla deseo con todas sus fuerzas que la serpiente lo hubiese mordido a él.  Después del entierro la familia de la niña se fue de la finca, y la vida de Javier literalmente se detuvo. 

Ese año debería de haber empezado secundaria, pero el hijo de un jornalero, no tenía los recursos para salir a un colegio.  Además la muerte de Adelaida, le quitó el gusto por casi todo. Andaba como un autómata, trabajaba todo el día, dormía toda la noche, y cuando no trabajaba ni dormía estaba en el cementerio en la tumba de Adelaida, llorando, hablando, viviendo al lado de una tumba.  Era como si a su vida se le hubiese bajado el interruptor.  Sus padres, muy preocupados por el, sufrían también su congoja y su dolor.  Aunque nunca nadie aseguró haberlo escuchado de boca de Doña Adela, Lucinda y Plácido sabían que la familia de Adelaida culpaba a Javier de la muerte de la niña.  Y el tiempo siguió transcurriendo.  Casi dos años después de la muerte de Adelaida en una de las pocas conversaciones que Javier tuvo con su madre, ella le preguntó que le hubiese haber sido si hubiera tenido la oportunidad, y él contestó sin pensarlo “médico”.

Doña Adela también sufrió en silencio la muerte de su hija.  Nunca dijo nada, nunca le reclamó a nadie, nunca se le escucho hablar del tema con nadie, pero la mañana de diciembre que Don  Agustín Cifuentes amaneció muerto en su cama, de un infarto, ella se sintió aliviada y hasta feliz.

A él, fue la primera persona que odió por la muerte de Adelaida, por haberla llevado a ella y a su hija a ese maldito lugar lleno de bananos, mosquitos y serpientes.  Había perdido con el luto cualquier resquicio de bondad, y se dedicó día tras día a odiar a todo y a todos por la muerte de su hija.  Sentía un profundo resentimiento por Javier Bonilla, tanto, que algunas noches soñaba que era a él a quien la serpiente había mordido y mientras lo enterraban ella bailaba descalza en una fiesta estrambótica que daba en su casa, junto a su Adelaida.

Al morir su marido, ella abrió las puertas de su mansión y se dedicó las dos semanas siguientes a limpiar y a renovar todas las habitaciones.  Cuando llegaron a la habitación de Adelaida, les dijo a sus empleadas que ese trabajo ella lo haría sola.

Al entrar a la habitación, respiro el olor de Adelaida, la maleta que se trajo de la finca con las cosas de ellas continuaba en el mismo lugar desde hacía dos años atrás.  Abrió la maleta y empezó a llorar.  Revisando entre las cosas encontró un cuaderno de tapas gruesas.  Recordó habérselo comprado en unos de sus viajes a la capital, antes del incidente que terminó con su vida.  Una emoción desconocida se apoderó de Adela.  Abrió el cuaderno al azar y descubrió que era una especie de diario, anotaciones de cosas de la vida de su hija, con fechas.  No eran fechas continuas.  Adela sintió que de alguna manera estaba entrando en un universo personal que su hija había creado, y del cual ella no tenía conocimiento.

La primera anotación decía:
“6 de enero de 1984.  Hoy, por el día de reyes mi mama me regaló esta libreta, y me pareció buena idea regalarle una libreta a Javi, así los dos podremos escribir nuestras cosas importantes.  Me gusta mucho estar cerca de él, es divertido, medio tonto, y es el único amigo que he tenido”

El corazón de Adela se removió,  la rabia, el odio y todos los malos sentimientos que había acumulado desde la muerte de su hija salieron y empezó a llorar, primero muy calladamente, luego sus sollozos se escucharon por toda la casa, tan fuerte que el personal de servicio se asustó y vinieron corriendo a la habitación de Adelaida, pero Adela les hizo señas para que no entraran.

Adela recordó entonces, la razón por la que la familia se fue a la finca.  Su hija Adelaida, estaba enferma.  Los médicos no encontraban la razón de su padecimiento.  Era una niña triste, hablaba poco, no tenía amigos, y se pasaba las horas muertas encerrada en su habitación, leyendo o simplemente estando allí.  Su marido y ella pensaron que la vida en una finca rural le haría bien.  Incluso el médico de la familia, lo recomendó.   Desde el preciso día que se instalaron en la finca, Adela había  notado el cambio de  Adelaida.  Conoció a ese niño, y empezó a hablar sin parar, a reír, a querer hacer cosas diferentes y hacerlas.
Continuó leyendo el diario de su hija, llorando algunas veces, riendo tras, descubriendo después de esos años, cosas que ella ni se imaginaba que su hija sentía, y había vivido y sintió una profunda pena, por su propia incapacidad para comprender a Adelaida, y para compartir su vida con ella.  Fue una cura de burro para su atribulado corazón.

En Septiembre de 1984 Adelaida escribió:
“Hoy no ha sido un buen día, Javi y yo estuvimos hablando de que seriamos cuando mayores,  me dijo que no lo había pensado porque él no podrá asistir a la universidad.  Me entristece pensar que Javi no pueda soñar como lo hago yo.  A veces no es como hoy e imaginamos que somos  cosas diferentes de adultos.  Yo quiero ser profesora de literatura, me encantan los libros, leer, los libros son como personas que siempre están cuando los necesitamos, algo que no pasa siempre con las personas de verdad”

Desde que Adela encontró el diario de Adelaida, dedicaba horas del día a leerlo y a releerlo. Lo llevaba siempre donde iba, sentía que era una manera de estar con su hija, incluso después de la muerte.  Por el diario, supo que Javier Bonilla era hijo único de una familia muy trabajadora, que nunca había conocido a sus abuelos o tíos, que jamás visitó el pueblo donde nacieron sus padres, y que a  pesar de su humildad y pobreza, era un chico con sueños  grandes, diferente al tipo de muchacho que crecía en una finca de banano, y sin darse cuenta Adela empezó a pensar en Javier Bonilla, cada día.  Ya no sentía el odio, por la muerte de su hija, ya no lo culpaba. El encuentro del diario de Adelaida, había sido para Adela la cura perfecta para su corazón herido, y desde entonces cada día pensaba en Javier Bonilla, con más fuerza, era como si pensar en ese muchacho de alguna extraña manera la acercaba a su hija.
La vida en la finca bananera # 27 nunca volvió a ser la misma para la familia Bonilla. Javier se volvió un chico taciturno y huraño, sin sueños ni alegrías.  Lucinda en un esfuerzo desesperado le planteó a su marido la posibilidad que volvieran al pueblo y se reconciliaran con las familias, para que el chico pudiera olvidar todo lo ocurrido, pero cuando noches después de la cena los preocupados padres se lo consultaron al hijo, el no quiso ni escuchar el tema. 

─ Yo nunca me iré de aquí, nunca me alejaré de Adelaida. Salió dando un portazo.

En noviembre de 1989, Adela viuda de Cifuentes regreso a la finca bananera #27.  Apareció a las 11 de la mañana en la casa de Lucinda, donde ella estaba preparando el almuerzo.  Cuando Lucinda la vio, se asustó mucho.  Habían pasado 5 años desde la muerte de Adelaida, y nunca pensó volver a ver a Adela.  Se presentó tan formalmente como siempre era, y le dijo a Lucinda que necesitaba hablar con Javier.

─ Señora Cifuentes, mi hijo  ha sufrido mucho todos estos años, se lo que piensa, sé que de alguna manera lo culpa de lo que pasó, pero el ya lleva todo este tiempo culpándose, por favor le pido que no le haga más daño de lo que el mismo se hace.

─ No Lucinda, no se trata de eso.  Es verdad que he pasado mucho tiempo culpando a su hijo de lo que pasó.  Pero he superado eso y he comprendido que su hijo no fue culpable, nadie lo fue.  Hace tres años, cuando mi marido murió, me vi en la más absoluta soledad y tuve que buscar muy dentro de mí para comprender lo que ocurrió.  Ahora lo que me trae aquí, es otra cosa.  ¿Dónde está Javier?
─ No sabía que su marido hubiera muerto, lo siento Adela.  Javi está trabajando, ha cambiado mucho, no es el niño que usted recuerda.  Ahora mismo está en monte, con su padre.  En un rato vendrán a almorzar. 

─ Pues entonces los esperaré y así les cuento a los tres lo que me trae por aquí.

Cuando Javier llegó con su padre a casa, se sorprendió a ver el carro de Adela estacionado frente a su casa.  No sabía quién era, aun así sintió esa sensación de una burbuja caliente subiendo por el esófago que sentía con Adelaida.     Se encontró en el comedor de su casa don una Doña Adela envejecida, tuvo la sensación que le habían pasado cincuenta años por encima a la señora.  Sin embargo, Adela, vio a un guapo y fuerte joven, con una expresión muy triste, a quien le costó mucho reconocer como el compañero de juegos de su hija, de ese niño vivaracho que leía en voz alta en la sala de su casa las lecciones de ciencias y español, ya no quedaba nada.

─ Hola Javier. Te preguntarás que rayos hago aquí en tu casa.
─ Buenas Doña Adela, como está.
─ Necesito hablar contigo, y después con tus padres.  Me gustaría que después de almorzar me acompañaras al cementerio a llevarle flores a mi hija. 

Javier se preguntaba qué diablos quería ahora aquella señora, pero estuvo de acuerdo en acompañarla.  Comieron en silencio.  Un silencio solemne, de luto, cargado de las muchas cosas que el chico sentía, las muchas cosas que Adela nunca dijo, de dolor, de resentimiento, y al final cargada de la comprensión tardía de una madre que empezaba a aprender a vivir sin su hija, sin rencores ni odios.

 El cementerio de la finca bananera # 27, era una pequeña colina muy cerca del río.  Solo existían unas diecinueve tumbas, incluyendo la de Adelaida.  Al llegar a la cima de la colina, Adela se sintió cansada, y tuvo que parar algunas veces en el ascenso.  Caminaron en silencio.  Al llegar al cementerio, Adela vio que la tumba de su hija tenía flores frescas, y estaba muy limpia y arreglada.

─ ¿Tu mantienes esto así?  ─ Le preguntó ella, casi sin aire.

El asintió con la cabeza.  Cada día desde la muerte de Adelaida, Javier subía la colina, limpiaba la tumba, hablaba con ella, llevaba flores.

─ Te preguntarás qué  hago aquí Javier.  He necesitado todos estos años para comprender la muerte de mi hija.  Sí, hubo un tiempo en que  te culpé y hasta te odié muchacho… pero he comprendido de una manera muy extraña que tu solo le trajiste a la vida de mi hija, felicidad.  Y aunque no lo creas, Adelaida me lo ha dicho.  He estado pensando mucho esta propuesta que quiero hacerte.  ¿Qué edad tienes hijo?

─ 18 años señora.
─ ¿No seguiste estudiando Javier?
─ No. Sabe cómo es la vida en la finca Doña Adela, y mis padres no pueden pagarme un internado, fuera de aquí.  He estado ahorrando estos años pero no creo que pueda pagármelo, por lo menos no todavía.

─ Pues mira muchacho, vine hasta aquí para ofrecerme a pagar tus estudios, si estás de acuerdo y tus padres también.  Puedes ir conmigo a la capital y estudiar lo que quieras.  Estas un poco atrasado por la edad, pero podríamos buscar un colegio que te permita hacer estudios secundarios.  Si te esfuerzas,  podrás  incluso tener una carrera universitaria.

─ ¿Podría ser médico?
Doña Adelaida sonrió. ─ Claro que podrás ser médico si eso quieres.
─ ¿Por qué hace esto, señora?
─ Es un poco complejo de explicar, supongo que en parte, estoy muy sola, muy vieja, tengo más dinero que el que necesito para el resto de mi vida, pero lo más importante muchacho, lo hago porque es lo que Adelaida hubiese querido para ti.  Nunca nadie comprendió e hizo tan feliz a mi hija como tú.  Esas cosas no se compran con dinero.  Pero el dinero puede comprarte un porvenir mejor, para tus padres y para ti.  Ahora hablaremos con tus padres, para convencerlos.

─ No necesito convencerlos, soy mayor de edad.
─ Pero yo si lo necesito Javier, yo si quiero que ellos estén de acuerdo.

Plácido y Lucinda Bonilla no estuvieron de acuerdo con enviar a su hijo a una ciudad enorme, solo, con una señora que hasta donde ellos sabían culpaba a su hijo por la muerte de su hija. Pero tanto rogó Javier, tanto prometió y tanto dolor vio Lucinda en los ojos de su hijo, cuando le dijo agotado de tratar de convencerla ─ Quiero ser médico mamá, y regresar aquí a la finca.  Si hubiera habido, un médico en la finca, Adelaida no hubiera muerto.

En el mes de marzo de 1991, Javier Bonilla Guerra empezó clases en el Colegio Vocacional de la Virgen del Pilar, en la ciudad capital. Se fue a vivir a casa de Doña Adela Viuda de Cifuentes.  Al principio, le costaba mucho el ritmo de las clases, debido a la cantidad de años que no estudiaba formalmente.  A pesar de que leía todo lo que caía en sus manos, en la finca # 27 no había mucho que leer.  Se iba temprano a clases, y volvía a las 4 de la tarde, donde las mujeres del servicio doméstico lo esperaban como a un hijo, con comida caliente en la cocina, y con la curiosidad propia de la gente sencilla, preguntándole que había aprendido en el colegio.

Casi no veía a Doña Adela, en la semana, pero los sábados religiosamente, pasaban la tarde jugando cartas y hablando de todo lo que había aprendido en la semana.  Fue en estas conversaciones sabatinas, que Javier supo del diario de Adelaida.  Fue así también que conoció la enfermedad que aquejaba a la niña, antes de marchar a la finca #27.

Tardó siete años en completar la secundaria, los primeros años los más difíciles.  Pero cuando entro al Bachiller, era el primero de la clase.  Escribía cada semana a sus padres y esperaba las cartas donde su madre, le enviaba los olores y los recuerdos, de su finca.  Pasaba los meses de vacaciones en la finca, visitando a Adelaida, y contándole todo lo que estaba estudiando para ser médico.

El día de su graduación de Bachiller, amaneció lluvioso.  A pesar de la alegría de haber logrado el título, solo estaría con Doña Adela, porque sus padres no podrían viajar a la capital.  Se puso su traje de gala, muy temprano, salió de casa, porque había pagado una misa de acción de gracias en una iglesia cercana, y como era tan temprano no invito a Doña Adela.  Cuando entro a la iglesia, su corazón dio un vuelco, ahí en primera fila estaban, sus padres, Doña Adela, Rosita la cocinera, Alicia la de la limpieza y Fermín el Jardinero.  Además estaba también, Anita Peña su madrina que no veía hace tantos años, y el padre Javier Pastor, con su cabello cano, y su manera de hablar a grito pelado, que nunca  olvidó, porque de pequeño cuando los visitaba, el cura le daba miedo.

Y al lado de su madre, vio a dos ancianos que no reconoció, pero curiosamente se parecían mucho a ella.  Eran sus abuelos, que después de más de 25 años de discordia, se habían reconciliado con su madre, gracias a la intervención de Doña Adela, que fue en persona hasta ese perdido pueblo en la montaña, para invitarlos a la graduación del nieto desconocido, y decirles, que ellos tenían a su hija viva, y no la veían por terquedad de viejo,  pero ella, Adela, ya no podía  ver a su niña.  El argumento los convenció.

Javier Bonilla no recordaba la última vez, que se había sentido tan feliz.  El solemne acto de graduación le hizo darse cuenta que todo lo que se propusiera lo conseguiría, y deseó con toda el alma que Adelaida estuviera ahí. Se sentía un poco culpable de sentirse feliz, sin ella.  Verlos a todos reunidos allí, por él, y con él lo lleno de tanta alegría que quiso que ese día nunca terminara.

Regresó a la finca con sus padres.  Sus abuelos también estaban.  Pasaba los días ayudando a su padre, conociendo a sus abuelos y preparando su admisión a la Escuela de Medicina. Algunas tardes sino llovía iba al cementerio a estudiar con Adelaida.  En Octubre de ese año, se presentó a los exámenes de admisión en la Universidad Nacional.  Cuando ya había perdido la esperanza de haber conseguido plaza, apareció Doña Adela en la finca con el Padre Pastor, Anita Peña y la carta que había llegado de la Universidad.  Con el paso del tiempo Javier  se había convertido en parte de una numerosa familia que él nunca se había imaginado.  Todos reunidos, abrieron la carta  solemnemente

“Estimado señor Bonilla:
Por este medio le informo que ha cumplido con el requisito de ingreso a la Facultad de Medicina de nuestra prestigiosa institución. Nos complace informarle que contamos con una plaza para su ingreso en la Facultad a partir del día 3 de marzo del año en curso.  Esperando su confirmación, con una pronta respuesta.  Atentamente….

El 3 de marzo, de 1998 Javier Bonilla Guerra inició estudios de medicina en la Universidad Nacional.  Su madre lloró como una niña, por la emoción de que su hijo fuera universitario, y abrazó a Doña Adela dándole las gracias.  Adela viuda de Cifuentes no pudo tampoco contener el llanto al pensar en lo feliz que estaría Adelaida, al saber esto.

Fueron 7 años de estudios en la Facultad de Medicina en la Universidad Nacional.  Algunas veces muy difíciles, otras no tanto, pero siempre con el apoyo de su maravillosa familia.  Algunas veces se preguntaba cómo podía el hijo de un jornalero estar estudiando medicina, preparándose para ser útil en su comunidad, y llegaba a la conclusión que Adelaida siempre tuvo razón al decirle que las personas siempre son lo que quieren ser.

En octubre del año 2006, Javier terminó la Licenciatura en Medicina, en la Universidad Nacional.  Toda su familia viajó a la capital para el acto de graduación.  Esta vez incluida su abuela paterna,  quien había enviudado hacía dos años, y vivía sola en el pueblo.  Había hecho las paces con los padres de Lucinda, y con el tiempo las dos ancianas se habían hecho amigas.  Tantos años de discordia, para nada, al final de la vida, se reunían dos veces por semana, y hablaban del nieto médico.  Fue por eso que cuando Lucía Guerra, supo la noticia de la Graduación de su nieto, le faltó tiempo para írselo a contar a Carmelita Bonilla.  Le dijo de un golpe, alístese que nos vamos a la capital, se nos gradúa el doctor.  Carmelita indecisa, le dijo que a lo mejor no era bien recibida.

─ ¿Y es que usted no quiere conocer a su nieto, y volver a ver a su hijo? ─le dijo la anciana incrédula.
─ Es que me da miedo.
─ Déjese de miedos y tonterías, y alístese, mire que su marido murió con ese dolor en el corazón de no hablarse con su hijo, y no conocer a su nieto, no haga usted lo mismo. 

Y así envolatada por la emoción, Carmelita Bonilla, hizo su maleta, y se fue a la graduación del doctor. Día importante. Día de fiesta. La graduación de la Universidad del Doctor Javier Bonilla Guerra fue celebrada por su familia con mucha alegría. Aún faltarían los años de internado y residencia para que Javier pudiera realizar su sueño.
*************************************************************************

Epílogo

En Enero del 2011 el Doctor Javier Bonilla Guerra empezó a trabajar como director del equipo médico de visitas en la zona de las fincas bananeras.  Con el pasar de los años, creó la fundación Adelaida Cifuentes para recoger fondos para la creación de dispensarios en las fincas.

La Fundación Cifuentes también creó un programa de becas para que los hijos de los jornaleros de las fincas bananeras tuvieran la opción de continuar sus estudios.

En el año 2014, la Fundación Cifuentes, inauguró el primer dispensario en la finca # 27, con el nombre de “Dispensario Adela Cifuentes”, y el doctor Bonilla se quedó a trabajar ahí.  Después de tantos años, volvía a su finca, con un trabajo diferente, y con la posibilidad de ayudar a otros niños como él a alcanzar grandes metas.

En el mes de enero de  2015, el doctor Bonilla se casó con Marina Anguizola, la enfermera que el gobierno nombró para el dispensario.  A finales de año tuvieron una niña. Las abuelas y bisabuelas de la niña barajaron sus nombres como posibles nombres de la recién nacida.  La llamaron Adelaida Bonilla Anguizola.







La muerta


El día que murió Teresa, hubo una inundación monumental  en la isla.  Había llovido por dos semanas ininterrumpidamente y los ríos se habían desbordado causando una conmoción general en el pueblo.  Se reportaron pérdidas en las fincas anegadas, y la alcaldía decretó un estado de emergencia.
En medio de toda la confusión encontraron el cuerpo de la chica acostada en las raíces de un árbol, dando la impresión de que estuviera dormida.
Los primeros en llegar hasta ella fueron los hermanos Valencia, gemelos de nacimiento, que trabajaban para la alcaldía en tareas de mantenimiento.  Ellos dieron la voz de alarma.
Al lugar se presentó el alcalde, el médico del pueblo, el juez y hasta el cura, todos conmovidos por la noticia de la extraña muerte de la chica.
Para las seis de la tarde, todo el pueblo se encontraba frente al hospital, debajo del aguacero bobo que se empeñaba en seguir cayendo.  Todos querían saber que le había sucedido.  La noticia se había regado como pólvora.  Unos decían que la habían matado, otros  que se ahogó en el río, y otros que la muerte de Teresa era un misterio de aquellos que llenarían páginas y páginas sin resolverse nunca.
A las  siete y media de la noche, el jefe de policía anuncio solemnemente que Teresa Quintero había muerto de causas naturales, aunque sin explicación científica alguna. Su cuerpo, no presentaba signos de violencia, no parecía haber sufrido un accidente.  Tampoco habían signos de alguna enfermedad, cardiaca, mental, o de cualquier tipo que bruscamente hubiera terminado con su vida.  Cuando su padre entró a reconocer el cadáver, le pareció que ella dormía con una leve sonrisa en los labios.
Teresa Evangelia Quintero Sánchez tenía 17 años.  Era estudiante del último año de Bachiller en el Colegio de Nuestra Señora de Las Margaritas,  en la Isla de la Caridad.   Su padre, Gumersindo Quintero, un terrateniente venido a menos por eso de las especulaciones inmobiliarias, había perdido en pocos años más de la mitad del capital en bienes que le había heredado el abuelo.  Nunca tuvo buena cabeza para los negocios.  A pesar de todo, se procuraba una vida desahogada para él y su familia.  Teresa era para su padre su bien más preciado, a la que  cuidaba celosamente; por eso el día que apareció como dormida, después de la inundación, una parte de él murió con ella.  Juró ante Dios que no descansaría hasta saber que sucedió,  cosa que no pudo cumplir ya que murió 6 años más tarde sin saber aún, que le había sucedido a su hija.
El jefe de policía de la isla se llamaba Inocencio Márquez.  Había sido trasladado a ese lugar hacía un par de años, y con el pasar del tiempo, había terminado sintiéndose parte de ese lugar, tanto o más que los que nacieron allí.  Le costaba creer que alguna persona de la isla, hubiese matado a Teresa.  A pesar de no encontrar indicios de asesinato, le intrigaba sobremanera, no comprender como se había producido la muerte de la chica, así que se comprometió de corazón con los padres en resolver el enigma. 
Al día siguiente, sobre las siete de la mañana Márquez, ya tenía una lista de las personas que entrevistaría para poder realizar una línea de tiempo de las últimas horas de Teresa.  Continuaba lloviendo muy débilmente, el cauce del río ya estaba en sus niveles más o menos normales, y las personas que habían sido trasladadas a refugios por la inundación, estaban volviendo a sus casas.  La familia de Teresa había amanecido en el hospital, para retirar el cuerpo de la chica y poder enterrarlo.  El pueblo estaba muy triste, a la vez que asustado.  El propio Márquez, tenía una extraña sensación de pérdida, su hija mayor era compañera de colegio de Teresa, y no podía siquiera imaginar lo que los padres estarían sintiendo en ese momento.  Decidido, inició la investigación, pese a todo.  Al mal tiempo, a los rosarios en memoria de la chica, a la confusión de las últimas horas por la inundación, a las labores de rescate.  
Con la primera persona que había hablado esa mañana antes de ir a su oficina fue con su hija Rose.  Eran compañeras de clase, no precisamente las mejores amigas, pero se trataban cordialmente.  Alguna vez, habían hecho algún trabajo del colegio juntas. Cuando entró en su habitación, Rose ni siquiera se había levantado.  Continuaba en la cama con la mirada extraviada.  Se sobresaltó al ver a su padre de pie junto a la puerta.  El la miraba con infinita ternura.
— ¿Qué crees que le pasó a Teresa?
— No lo sé.  Pero seguramente tiene que ver con ese novio que tenía.
— ¿Cuál novio?...  No sabía que tuviera un novio.
— Bueno en realidad no sé si eran novios, lo que sé es que ese tal Fernando la buscaba fuera del colegio los martes y viernes.
— Así que Fernando…  y no sabemos el apellido…
— No. 
— ¿Sabes algo más de ese Fernando? — es muy importante Rose
Márquez sentía que en esa conversación con su hija, sucedía algo que no lograba entender. Algo que le generaba ansiedad, una sensación que hasta ese momento desconocía.  Ella siempre había sido una chica muy extrovertida, dicharachera y en ese momento su intuición de padre le advertía que a ella le estaba costando mucho compartir lo que sabía de Fernando, así que prefirió callar, y esperar que ella se sintiera en confianza.
Ella rompió el silencio de pronto, y dijo
— Vive en la pensión de Doña Ana.  Hace un par de meses llegó a la isla en el ferry de los turistas, pero nunca se fue.  Y eso es todo lo que sé, comentó tajante.  Después se sumió en un profundo silencio.
Márquez no preguntó nada más.  Salió de la habitación con una mala sensación en la boca del estómago.  Quien carajo ese Fernando y que tenía que ver con todo aquello, y por qué razón su hija estaba tan afectada.  Con todo eso en la cabeza, salió directo a la pensión de Doña Ana. 
Inocencio Márquez, era un inspector de policía de los de antes, de aquellos que utilizaban el olfato de perro perdiguero, en las situaciones más comprometidas, incluso absurdas.  A sus 47 años se consideraba un hombre feliz y estable.  Se casó muy joven con el amor de su vida, y desde entonces la suerte siempre estuvo de su lado.  Querían tener muchos hijos, pero Dios no estuvo de acuerdo y solo les mandó una hija.  A pesar de eso, se consideraba realizado y feliz.  Llevaba 25 años, con todos sus días enamorado de la misma mujer, y para su buena suerte, ella también lo estaba de él.
Cuando a los 29 años se ganó un ascenso a inspector jefe, y lo mandaron como jefe de policía a la Isla de la Caridad, no tenía real conciencia del regalo que eso significaría en su vida. Un lugar paradisíaco, con menos de 10,000 habitantes, sin mayor delincuencia que lo cotidiano entre personas que se conocen de toda la vida, y alguno que otro alboroto producido por el licor.  Con todo y eso, en su tiempo en la isla había que tenido que resolver 7 asesinatos y un par de crímenes graves.  Pensaba que la muerte de Teresa Quintero le tomaba de una manera personal, porque la chica tenía la misma edad que Rose, y necesitaba esclarecer lo que pasó para asegurarse que eso no podría haberle pasado a su hija.  Con todas esas cosas en la cabeza, fue dando un rodea largo, hasta la pensión de Doña Ana.
La encontró en el comedor.  Cuando lo vio entrar, le hizo una seña para que se sentara en su mesa. 
— ¿Cómo esta, inspector Márquez? — resonó su voz.  Vaya trabajo miserable el suyo inspector, con este aguacero del demonio, y usted tratando de resolver algo tan triste.  ¿Qué le trae por acá?
— Un huésped suyo.  Uno que se llama Fernando y no sabemos su apellido. 
Ana, era una anciana de más de 70 años, había nacido, crecido y envejecido en la isla.  Conocía a todas las personas menores que ella y aunque el inspector no era originario de la isla, ella tenía el don de conocer a las personas con solo verlos.
— ¿Fernando?...  Si, tuvimos un huésped llamado Fernando Cianca.  Vino en el ferry de los turistas, me dijo que le había encantado este lugar, que se quedaría un tiempo, y me alquiló la habitación del fondo.  Pero hace unas dos semanas se fue. 
— ¿Sabe dónde fue?
— No.  Era un chico extraño.  Muy guapo y elegante, pero poco hablador.  Nunca comía aquí, no compartía con los otros huéspedes, sin embargo era muy correcto y educado. ¿Qué pasa con él inspector? ¿Tiene algo que ver con la muerte de Teresita?
— No lo sabemos, al parecer mantenían una relación.
—  ¿Con Teresita?— ¡Qué va!— eso no es posible.
— Porqué dice que no es posible, Ana.
— Ese chico Fernando, era mayor, como le dije sumamente educado, no creo que le interesara una chica de pueblo como Teresita, casi una niña.  Además en el tiempo que se quedó aquí, las mujeres del pueblo venían preguntando por él.  Aunque ahora que se lo cuento, nunca lo vi salir de aquí con ninguna de ellas, aun así siempre tuve la impresión que tenía mucha suerte con las mujeres.
— ¿Y como era en el asunto del pago de la habitación?
— Bueno, llego con una maleta, como le dije en el Ferry de los turistas.  Me pago seis meses por adelantado, pensión completa, aunque nunca comió aquí.  Se levantaba muy temprano y salía.  No sé adónde iba, ni que hacía.  Pero la verdad, no creo que ese chico haya tenido algo que ver con Teresa.
— Mi hija Rose, me ha contado que ese Fernando esperaba a Teresita Quintero dos veces por semana fuera de la escuela, los martes y los viernes.  La última persona que vio a Teresa con vida, fue Casilda, la cocinera de la casa Quintero.  Eso fue el viernes como a las 6 y media de la tarde.  Ella dijo que la muchacha hacía días que estaba un poco extraña, callada, ocupada en sus pensamientos, pero que el viernes cuando se encontró a Casilda parecía muy feliz y risueña,  salió por la puerta de la cocina con un paraguas y un capote, dijo que iba a la panadería a buscar pan, y nunca más la vieron con vida.   Casilda ya había terminado de preparar la cena, y se fue a su casa.  Los padres de Teresa, creyeron que estaba en su habitación, y no se alarmaron, no podían imaginar siquiera, que su hija, hubiese salido a la calle con semejante aguacero.  Y sabe algo más…  Nunca aparecieron el capote y el paraguas que Teresa llevaba la última vez que fue vista con vida.
— ¿Y usted realmente cree que ese muchacho tenga algo que ver con la muerte de Teresita?
— No lo sé Ana, tal vez, pero le puedo asegurar que todo esto me tiene muy intrigado.     ¿Tendrá por casualidad una foto de él?
— ¡No, qué va! —pero pruebe con Ramiro, el del estudio de fotos, como se dedica a eso, hace cientos de fotos a los turistas, si alguien aquí tiene una foto de ese Fernando debe ser Ramiro. 
El inspector Márquez se despidió, y le dijo que se mantendrían en contacto, que si recordaba algo más que no dudara en llamar.  Revisó su libreta de notas y se dio cuenta que el día no le iba alcanzar para todas las entrevistas que tenía pendientes.  Y ahora tenía que pasar al estudio de fotos.
Encontró a Ramiro limpiando los lentes de su cámara en la terraza de su local.  Era un hombre de pocas palabras, y alegre sonrisa.  Cuando lo vio acercarse, arrimó una silla para invitarlo a sentarse. 
— ¿Cómo está inspector, que le trae por aquí?
— Hola Ramiro, me trae por aquí, que necesito tu ayuda, con un turista de la isla
— ¿Turista?...  ¿Y como le puedo ayudar yo, con un turista?
El asunto es el siguiente, hace unos meses llegó a la isla un turista llamado Fernando Cianca, se alojó en le Pensión de Ana, y se quedó un tiempo.  Hace un par de semanas, se fue.  Necesito identificarlo y encontrarlo si es posible, pero no tengo una fotografía de él, y pensé que tal vez tú, podrías ayudarme con eso.  En los cientos de fotos que haces, es posible que aparezca…
… Es posible, sí.  — ¿Qué pasa con él exactamente? ¿Es sospechoso de algo?
—Tanto como sospechoso aun no, pero es lo que se dice una “persona de interés”, en la muerte de Teresita Quintero.
— Así que mataron a Teresa Quintero.
— Yo no dije eso, dije la muerte de Teresita, no el asesinato.
— Ah… pero si no la mató ¿porque le interesa?
— Digamos que es un corazonada, pero eso da igual, me ayudarías o no
— Claro que lo ayudaré, inspector. Pero necesito tiempo para buscar en mis fotografías, pero si  vino a la Isla, seguro tengo que haberle hecho una fotografía, es cuestión de buscar con cuidado.
El inspector se alejó del estudio de fotografía con la sensación que daba vueltas en círculos.  Dos semanas más tarde Ramiro Fuentes, el fotógrafo, le confirmó que por increíble que parezca, no tenía en su estudio ninguna fotografía de Fernando Cianca. Todas las pistas que llevaban a ese hombre se borraban irremediablemente.  Y el paso inexorable del tiempo se impuso en la vida de la isla enterrando la extraña muerte de Teresa Quintero.
La isla de la Caridad, un pequeño montículo de tierra fértil perdido en el inmenso Océano Atlántico, tenía en los años ochenta, aproximadamente 12,000 habitantes.  Más de la mitad vivía de la producción de azúcar y tabaco y el resto del turismo con sus mercados asociados como los hostales, cafeterías, restaurantes, y empresas ecoturísticas, que realizaban escapadas, excursiones o como dicen las revistas especializadas del tema “tours ecológicos”. La vida en los ochentas, en una isla preciosa perdida en alguna esquina del Océano, era apacible, tranquila, sin mayores sobresaltos,  por eso la muerte de Teresa Quintero marcó en la población esa señal de lo inconfesable, esa aura maligna que tienen los misterios sin resolver, que permiten desarrollar leyendas, y que poco a poco se convierte en la historia el pueblo.
En marzo de 1989, Gumersindo Quintero murió de un ataque al corazón en su casa mientras dormía la siesta de las  3 de la tarde.  Durante los seis años desde la muerte de Teresa, ni un solo día dejó de visitar al Inspector Márquez en su oficina, y revisar punto por punto toda la información obtenida de la muerte de su hija.  A pesar que el inspector Márquez, pidió ayuda a amigos investigadores, y a la policía continental, nunca pudieron encontrar ni una sola pista que los llevara a Fernando Cianca.  Por no tener, no tenían ni siquiera una imagen de él.  En un intento desesperado del Inspector, movido por la frustración de no saber qué había ocurrido, hizo traer del continente el mejor dibujante de retratos hablados que se conocía, un irlandés medio hippie que trabajaba para la policía de Chicago, el cual a través de los contactos de Márquez, llegó a la isla en el ferry de los turistas, y cual maestro de escuela, encerró a todos los que decían haber conocido a Fernando Cianca en la iglesia, y trabajo tres días seguidos en la confección del retrato.   Pero como cosa del demonio, después de 11 retratos diferentes, el pueblo no se ponía de a acuerdo cual era el rostro más parecido a Fernando Cianca, incluso podía decirse que cada retrato representaba una persona diferente.
Y así, pasó el tiempo.  Seis años después, murió Gumersindo Quintero, sin saber que había ocurrido con su hija.  Fue entonces que la gente de la isla, empezó a referirse a Teresa solo como “La muerta”, y así se quedó para la posteridad.
Inocencio Márquez, dedico el resto de su vida, a seguir investigando la muerte de Teresa Quintero.   Aunque los años pasaron, sin tener ni una sola pista más, el nunca dejó de buscarla.  Se jubiló a los 65 años y desde entonces tuvo todos los días de todas las semanas del año para su investigación que más que investigación se convirtió en una obsesión.

El tiempo en la isla, siempre fue que más lento que en el resto del mundo.  Casi sin  darse cuenta, una mañana Inocencio Márquez despertó con los gritos de alborozo de su mujer anunciándole, que eran bisabuelos.  Su nieta Rosita había dado a luz un hermoso niño en el hospital y su hija Rose había venido corriendo a casa con el marido para compartir la buena nueva.  Fue en ese momento que se dio cuenta.  “Han pasado treinta años”.  Y pensó en la muerta. Ese preciso día hacían treinta años que se había encontrado el cuerpo de Teresita Quintero en las raíces de un árbol cerca del río, y empezó a llorar.  Su mujer, sorprendida de verlo llorando, le dijo:
— No sabía que fueras tan pendejo Márquez, Rosita y el niño están bien.
— ¿Qué pasa, que un viejo no puede llorar ni en su casa? _ contestó de mala manera, y continúo llorando por la muerta, sin que su mujer pudiera verlo.
Dos domingos más tarde, bautizaban a José Inocencio Carrera Figueroa en la Iglesia de la Virgen de la Caridad.  Inocencio Márquez era el padrino y la abuela paterna del niño, Doña Leticia Rodríguez De Carrera era la madrina.  Ese día, el ferry de los turistas llegó más temprano que de costumbre y la misa comenzó más tarde.  Algunos turistas aprovecharon para ir a misa en la isla, entre ellos Daniel Martínez, un chico de 23 años que se dedicaba a realizar fotos, que luego exponía y vendía en una página de fotografía en Internet.  Al salir de la iglesia, preguntó dónde podía conseguir una habitación, pues pensaba quedarse una semana en la isla para hacer fotografías.  El antiguo hostal de Doña Ana, había sido reformado por sus nietos, que con el tiempo lo habían convertido en un pintoresco hotel de isla, con 32 habitaciones, la mitad con aire acondicionado, dos amplios salones, un restaurante, una cafetería y un bar.  Contaban con un área para juegos de azar, además de facilidades para internet, por un elevado costo por hora.
El almuerzo del bautizo se celebró en uno de los salones del Hotel, así que cuando Daniel Martínez se estaba registrando, vio pasar el convite, y se ofreció totalmente gratis, para hacer las fotos, si la familia estaba de acuerdo.  Inocencio Márquez dijo que sí, envolatado por la alegría efímera del bautizo de su bisnieto, pero con la condición que le pagaría el trabajo al joven.  Fue un día muy feliz, y por unas horas, Inocencio Márquez, olvido a su muerta, el diluvio, los treinta años transcurridos, la frustración en los ojos de la madre de Teresa, y se dedicó a disfrutar a su familia y amigos.
Al día siguiente Daniel salió muy temprano.  En el hotel le informaron que cerca del río había un mirador donde en las mañanas, se podían observar aves muy extrañas.  Decidió empezar por ahí su trabajo.  Cuando llegaba al lugar que le habían dicho distinguió a lo lejos una figura de mujer, casi una niña, con la mirada perdida, como esperando que las aves extrañas que él venía a fotografiar, aparecieran de un momento a otro. Al acercarse, pudo ver sus hermosos rasgos, y empezó a silbar bajito para no asustarla.
— Buenos días señorita, no sabía que en esta isla las chicas guapas madrugaran tanto, dijo con un tono meloso. Ella se volteó y lo miró un minuto largo, con sus profundos ojos negros, penetrantes, muy seria, y Daniel sintió un pinchazo en el corazón.  Luego sonrió. 
— Buenos días para usted, que busca usted en mi isla, dijo ella iluminándole. 
Daniel Martínez, lo supo enseguida.  Esas cosas del amor, esa cosa que te atrapa en dos segundos dentro de la telaraña esponjosa de unos ojos negros, una sonrisa maravillosa, y una voz profunda.
— Supongo que la buscaba a usted, pero no lo sabía.  Así que como no lo sabía buscaba aves extrañas para fotografiar.  Vendo mis fotografías, sabe usted.  Tengo un sitio en Internet, dijo con orgullo.
— y que cosa es Internet, dijo ella
Daniel Martínez no podía creer que esa chica que aparentaba unos 18 años, no supiera que cosa era Internet.  Pero en ese momento no le importaba.  De todas formas estaba en una isla perdida en el Océano infinito, y la punzada en el corazón le decía que lo de menos era si ella sabía o no que era Internet, o cualquier cosa que tuviera que explicarle, ya que para eso él tendría el resto de su vida, con sus minutos, segundos, semanas y años, para lo que ella quisiera saber.  Y se asustó un poco de todo lo que sentía, lo que pensaba.
— ¿Cómo te llamas? —indagó el
— Mi nombre es muy feo, pero mi diminutivo es Yeli.  Me gusta Yeli.
— Yo soy Daniel, mucho gusto.
— Hola Daniel, allí vienen tus aves extrañas, así que si le vas hacer fotos, es el momento.
Pasaron todo el día juntos.  Hicieron fotos, de aves, del río, de los paisajes.  Por la tarde, estuvieron en una playa alejada, y vieron lobos de mar.  Hizo fotografías increíbles.  A las tres de la tarde, él se moría de hambre literalmente, y pensó que Yeli también estaría hambrienta.  La invito a comer, pero ella dulcemente declino la invitación, y le dijo que tenía que irse.  Se vieron al día siguiente, y al otro y al otro.  Había algo en esa chica que lo tenía prisionero, pero no sabía con exactitud que era. El romance con Yeli, lo absorbió por completo. No se dio cuenta de lo aislado que estaba, solo pensando en ella cuando no estaban juntos, y solo con ella, cuando estaban juntos.
Pasaron tres semanas y a él le pareció que era su vida entera, y que tenía que hacer algo urgente porque ya no podría vivir sin ella.  Fue entonces que decidió conocer a la familia de Yeli, el dinero se le estaba agotando, y él tenía que regresar al continente, hablar con sus padres, regresar a buscarla, casarse con ella y tener tres niños.
Una tarde, en la playa solitaria le dijo que quería conocer a sus padres.  Ella se puso tensa.
— Yeli, necesito regresar al continente, pero quiero casarme contigo.  Hablemos con tu familia, y si todo está bien, haremos un compromiso, y volveré con mis padres, para casarme contigo.  Mientras hablaba se dio cuenta de lo poco que sabía de esa mujer, sin embargo le estaba ofreciendo, matrimonio, un amor incondicional, y el resto de su vida a su lado.
— Pero si tú no me conoces Daniel en serio quieres todo esto.  ¿Estar conmigo para siempre?
— En serio quiero todo eso.
Ella se quedó en silencio.  Esos silencios largos que el detestaba tanto.
— Esta bien Daniel.  Esto será lo que haremos.  Se levantó de la arena, sacudiéndose.  Eran las tres de la tarde, y tenían que irse.   — Ve esta noche a mi casa, te presentaré a mi madre.  Era un día muy caluroso de enero, el sol estaba radiante, en pleno verano del trópico.  Ella miró al cielo, no había ni una sola nube.  Se quedó extasiada, mirando ese cielo tan azul, y en voz muy baja, apenas audible, dijo: — “Creo que lloverá esta noche”
— ¿Llover? ¿Estás loca? 
Ella lo volvió atrapar en la mirada, y sonrió — Si Daniel, te dejo mi paraguas, para que no te mojes esta noche cuando vayas a conocer a mi madre.
Regresaron de la playa y como cada día, en la entrada del cementerio, regresando al pueblo se despidieron, ella le tomo el brazo y le copió la dirección de su casa, y salió apurado al hotel a cambiarse.  A las 7 de la noche, bajo a la recepción, y le preguntó al empleado como llegar a la dirección que le había dado Yeli.  Mientras le daba las señas para llegar, afuera empezó a llover.  Todos se sorprendieron mucho de esa lluvia, y el recordó que ella le había dado el paraguas.  Subió a la habitación por el paraguas, y encontró un capote para lluvia en su cama, y pensó que era del hotel y lo tomó.  Salió deprisa a la calle, y pudo comprobar que el aguacero no había hecho más que empezar.  No comprendía como podía estar lloviendo así con el cielo azul que habían tenido esa tarde. 
Tardó unos veinte minutos en llegar a la casa de Yeli, y se encontró con una casona antigua y lúgubre, casi totalmente a oscuras, y llegó a creer que se había equivocado de dirección.  De todas maneras, toco el timbre varias veces.  El aguacero era ahora muy fuerte, y él se estaba mojando, y tal vez podría quedarse ahí hasta que escampara.  Escuchó unos pasos arrastrados que se acercaban a la puerta, y escucho el chirriar de los goznes de la puerta antigua.  Enseguida, escuchó el saludo de una voz casi tan antigua como la casa
— Buenas noches, que se le ofrece
— Disculpe, creo que me he equivocado, ¿esta es la casa de Yeli Quintero?
No recibió respuesta.  Sin embargo vio cómo se encendían todas las luces del portal y la puerta antigua, se abría de par en par.  En la puerta, una silueta de una anciana delgada se recortaba contra el fondo.  Llevaba un chal de lana, y un vestido oscuro.  Y los ojos…  esos ojos negros, impenetrables, y profundos.  Daniel sintió miedo, de pronto los huesos se le habían llenado de espuma caliente, y quiso huir.  No entendía lo que pasaba.
La mujer, lo miró unos minutos.  Luego habló:
— ¿Cómo dijo?_ ¿Yeli Quintero?
Daniel tragó, y dejó de sentir sus piernas, no sabía que le pasaba.
— Mire joven no sé quién será usted, ni porque se aparece aquí debajo de este aguacero para hacerme esta broma tan cruel, así que mejor váyase por donde vino… y en eso la anciana, vio el paraguas que Daniel sujetaba con fuerza, como para no caerse. Reparó en el capote, y entonces la mujer tuvo que sostenerse en la puerta.  Con un hilo de voz, dijo lentamente:
— Quien le dio a usted ese paraguas y ese capote, y le dijo que viniera a mi puerta a atormentarme.  La mujer había subido la voz, y Daniel no sabía cómo reaccionar.
— Señora, señora… fue ella, Yeli me dijo que esta era su casa, y que aquí vivía su madre.
La mujer se desplomó llorando. Daniel no sabía qué hacer.  La escuchaba murmurar, no es posible, no es posible…
Se quedó paralizado, el corazón desbocado, y la anciana en el suelo diciendo cosas sin sentido.  Daniel quería hablar, quería explicar, pero no podía.  Trato de calmarse, y escuchar lo que la mujer decía. 
—Ella está muerta, hace 30 años que está muerta.  ¿Quién le dio ese paraguas? ¿Porque me hace esto?
Mientras escuchaba a la mujer, el trataba de calmarse y ordenar las ideas. ¿Muerta?... como puede estar muerta, si él tenía tres semanas enteras respirándola, tocándola, sintiéndola, como puede ser eso posible…
—Lo siento mucho señora, no entiendo nada.  Estoy enamorado de una joven que me dijo que se llamaba Yeli Quintero, que vivía con su madre, que su padre estaba muerto, y que vivía en esta dirección.  Esta tarde me dijo que cenaríamos aquí, y es todo lo que sé.  No es ninguna broma.
No pudo más, tomó el paraguas, se puso el capote, y salió corriendo en pleno aguacero torrencial dejando a Juanita Sánchez, llorando aturdida en el portal de su casa.  Fue a última vez que alguien vio a Daniel Martínez con vida.
Hubo un aguacero monumental en la isla.  Los viejos recordaron que hace treinta años que no se registraban inundaciones parecidas. Inocencio Márquez tuvo la clarividencia de saber, que eso era un ciclo que se repetía y al quinto  día se puso un lino encerado y fue a casa de Juanita Sánchez a ver como estaba.  Toco la puerta, pero la encontró entreabierta.  Cuando llego al salón, encontró en la mecedora a Juanita.  Primero pensó que dormía, pero enseguida recordó la expresión de Teresa Quintero cuando la encontraron.  Juanita estaba muerta, de la misma manera.
Llovió dos semanas ininterrumpidamente y los ríos se habían desbordaron causando una conmoción general en el pueblo.  Se reportaron pérdidas en las fincas anegadas, y la alcaldía decretó un estado de emergencia por segunda vez, desde que se tenía memoria.
En medio de toda la confusión encontraron el cuerpo Daniel Martínez, acostado en las raíces de un árbol, dando la impresión de que estuviera dormido.
Esa tarde, en el ferry de los turistas, llegaron los padres de Daniel Martínez, porque su hijo les había escrito dos semanas antes, para decirles que se casaba y que esa misma noche cenaría con su futura suegra y la novia.  Luego no tuvieron más comunicación con él.
Cuando los padres de Daniel fueron llevados a la morgue a identificar el cuerpo, se encontraron con Inocencio Márquez que los recibió intrigado con todo el misterio, y para informarles que la muerte de su hijo no tenía explicación alguna.  Se ofreció a ayudarles con los trámites para que pudieran llevarse a su hijo lo más pronto posible.
Al día siguiente, cuando fue a retirar el certificado de defunción Inocencio Márquez, leyó que el cadáver encontrado en el río pertenecía a Daniel Cianca Martínez, hijo de Fernando Cianca, y Margarita Martínez. Cuando llego al hotel los padres de Daniel, ya no estaban en la isla, habían partido en el primer ferry, y nadie parecía saber cómo contactarlos.
Daniel Martínez, fue enterrado en el cementerio de la Isla de la Caridad, junto a la tumba de Teresa Envangelia “Yeli” Quintero Sánchez.   Después de entierro Inocencio Márquez, viendo las tumbas, pensó que al final Daniel Martínez, si tuvo una cena con su novia y sus suegros.