La Despedida

12/03/2010 Maikita 1 Comments

Cuantos días han pasado Ana, desde la última vez que te vi. Han sido muchos, pero aun no suficientes. Pensé que sería más fácil el asunto de sacarte de mi mente y mi corazón, pero se cumplió la premisa que tuve el día que te conocí, que eras una mujer muy peligrosa para mí.

Supongo que cuando leas esto, te sentirás como Bayardo San Román, cuando empezaron a llegarle las cartas de Angela. Desconcertado, perdido, pero con él sentimiento en pie. Ves mi niña, algo se me quedó de ti, en tus libros, y en la pasión que le ponías a las cosas que haces.

Pero yo no soy Angela, y tú no eres Bayardo. Y lo que te hice, no fue una ofensa a tu honra, sino una putada en toda regla. He tardado tiempo en aceptarlo, he tardado más tiempo aun en enfrentarlo. Me he lanzado en este precipicio que lleva tu nombre, y ahora solo estoy cayendo, dentro de pozo sin fondo de tantas emociones encontradas, donde espero encontrar el perdón. El tuyo tal vez, pero el mío seguro.

Ya ves, al final no hubo una razón digna para tanto dolor, ahora entiendes porque fue tan difícil sincerarme. Yo siempre me creí un hombre tan listo, tan justo, al final comprendí que no era así. Tenías razón, y yo me equivoqué. Me dejé llevar por el miedo, y decidí huir. Como aquel niño que huye de un fantasma y que cree que si enciende la luz, no lo alcanzará. Encendí tantas luces como pude, pensando que borrarían tu recuerdo, sin considerar siquiera lo que pensarías, lo que sentirías. Como pensé que saldrías de mí, de mi mundo, de mi cabeza y corazón, no me preocupó el daño colateral.

Pero ese daño me alcanzó. Esa onda expansiva, todavía me sacude cada mañana, cuando veo lo poco que queda de ti, cerca de mí.

Me enseñaste el arte de mirar más allá de lo evidente, y aunque lo aprendí bien, no supe usarlo contigo. La verdad no quise.

Sé que eres diferente ahora, lo vi en tus ojos ayer, cuando hablábamos, y me alimentaba el alma de los gestos que haces al hablar. Hasta ayer, pensaba que los dolores más fuertes que había sentido eran del lumbago, pero no era así. Me duelen tus lágrimas Ana, aun me duelen. Me duele saber que una parte tuya, una muy hermosa, se destruyó en mi proceso fantasma de encender luces, para calmar mis propios miedos. Me pasó como esa canción que te gustaba tanto, esa que decía, “cuando regresé tu mirabas diferente”. Ahora lo entiendo.

Me miraste diferente. Se apagó el brillo. Te vi así, etérea, desconocida, y como siempre, pude ver hasta tu alma, y ya no era igual. Lo siento mucho Ana. Perdón.

Me asomé a tu abismo, porque una parte mía necesitaba hacer lo correcto. Seguro que debe ser esa parte pequeñita, curiosa e inquieta, con solo a canela y miel, tibia como el trópico, ese trozo tuyo que dejaste en mí porque no te di tiempo de empacarlo, y no encontré la forma de tirarlo al contenedor. Y te encontré, justo como Penélope, esperando a alguien que no existe más. “Yo no era quien tu esperabas”. Yo no soy esa persona.

Descubrí también, que debo revisar el significado de las palabras “siempre” y “nunca”...



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1 comentarios:

coco dijo...

Ser como Penélope es peligroso, pero entretiene.