El Quetzal y La Gaviota

4/11/2012 Maikita 0 Comments

Él, mezclaba óleos con sentimientos, y se pintaba el corazón de colores alegres. Ella mezclaba besos ardientes con sus cicatrices en noches lluviosas, mientras escribía para él canciones de amor pasadas de moda… “Oh mi amor, no hay nada más difícil que vivir sin ti” (aunque pensándolo bien siempre hay cosas más difíciles).

Se conocieron entre cafés, arte, y ese olor de las feromonas que se disparan cuando encuentran su complemento. El nunca había sentido algo así. Ese amor bestial que te golpea como un mazo, de pronto sin avisar, haciéndote prisionero para toda la vida. Ella nunca antes conoció esos besos improvisados que se repartían por sus sienes, su cabello y sus párpados haciéndola sonreír con dulzura.

Una tarde lluviosa, él se lo confesó — Estoy enamorado de ti —

Y ella muerta de risa, le dijo —la gente no se enamora en estos tiempos…

Desde entonces el se dedica a pintarla en sus cuadros, y ella se dedica hacerlo feliz. El se despierta con su voz en sus oídos susurrándole un esponjoso “buenos días”. Y ella se despierta con su olor en la piel, recordando sus noches de amor… porque desde que se encontraron, se hizo realidad el verso de Sabina, y desde entonces, “Todas las noches son noches de bodas, y todas las lunas son lunas de miel”

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