La muerta

6/07/2016 Maikita 0 Comments


El día que murió Teresa, hubo una inundación monumental  en la isla.  Había llovido por dos semanas ininterrumpidamente y los ríos se habían desbordado causando una conmoción general en el pueblo.  Se reportaron pérdidas en las fincas anegadas, y la alcaldía decretó un estado de emergencia.
En medio de toda la confusión encontraron el cuerpo de la chica acostada en las raíces de un árbol, dando la impresión de que estuviera dormida.
Los primeros en llegar hasta ella fueron los hermanos Valencia, gemelos de nacimiento, que trabajaban para la alcaldía en tareas de mantenimiento.  Ellos dieron la voz de alarma.
Al lugar se presentó el alcalde, el médico del pueblo, el juez y hasta el cura, todos conmovidos por la noticia de la extraña muerte de la chica.
Para las seis de la tarde, todo el pueblo se encontraba frente al hospital, debajo del aguacero bobo que se empeñaba en seguir cayendo.  Todos querían saber que le había sucedido.  La noticia se había regado como pólvora.  Unos decían que la habían matado, otros  que se ahogó en el río, y otros que la muerte de Teresa era un misterio de aquellos que llenarían páginas y páginas sin resolverse nunca.
A las  siete y media de la noche, el jefe de policía anuncio solemnemente que Teresa Quintero había muerto de causas naturales, aunque sin explicación científica alguna. Su cuerpo, no presentaba signos de violencia, no parecía haber sufrido un accidente.  Tampoco habían signos de alguna enfermedad, cardiaca, mental, o de cualquier tipo que bruscamente hubiera terminado con su vida.  Cuando su padre entró a reconocer el cadáver, le pareció que ella dormía con una leve sonrisa en los labios.
Teresa Evangelia Quintero Sánchez tenía 17 años.  Era estudiante del último año de Bachiller en el Colegio de Nuestra Señora de Las Margaritas,  en la Isla de la Caridad.   Su padre, Gumersindo Quintero, un terrateniente venido a menos por eso de las especulaciones inmobiliarias, había perdido en pocos años más de la mitad del capital en bienes que le había heredado el abuelo.  Nunca tuvo buena cabeza para los negocios.  A pesar de todo, se procuraba una vida desahogada para él y su familia.  Teresa era para su padre su bien más preciado, a la que  cuidaba celosamente; por eso el día que apareció como dormida, después de la inundación, una parte de él murió con ella.  Juró ante Dios que no descansaría hasta saber que sucedió,  cosa que no pudo cumplir ya que murió 6 años más tarde sin saber aún, que le había sucedido a su hija.
El jefe de policía de la isla se llamaba Inocencio Márquez.  Había sido trasladado a ese lugar hacía un par de años, y con el pasar del tiempo, había terminado sintiéndose parte de ese lugar, tanto o más que los que nacieron allí.  Le costaba creer que alguna persona de la isla, hubiese matado a Teresa.  A pesar de no encontrar indicios de asesinato, le intrigaba sobremanera, no comprender como se había producido la muerte de la chica, así que se comprometió de corazón con los padres en resolver el enigma. 
Al día siguiente, sobre las siete de la mañana Márquez, ya tenía una lista de las personas que entrevistaría para poder realizar una línea de tiempo de las últimas horas de Teresa.  Continuaba lloviendo muy débilmente, el cauce del río ya estaba en sus niveles más o menos normales, y las personas que habían sido trasladadas a refugios por la inundación, estaban volviendo a sus casas.  La familia de Teresa había amanecido en el hospital, para retirar el cuerpo de la chica y poder enterrarlo.  El pueblo estaba muy triste, a la vez que asustado.  El propio Márquez, tenía una extraña sensación de pérdida, su hija mayor era compañera de colegio de Teresa, y no podía siquiera imaginar lo que los padres estarían sintiendo en ese momento.  Decidido, inició la investigación, pese a todo.  Al mal tiempo, a los rosarios en memoria de la chica, a la confusión de las últimas horas por la inundación, a las labores de rescate.  
Con la primera persona que había hablado esa mañana antes de ir a su oficina fue con su hija Rose.  Eran compañeras de clase, no precisamente las mejores amigas, pero se trataban cordialmente.  Alguna vez, habían hecho algún trabajo del colegio juntas. Cuando entró en su habitación, Rose ni siquiera se había levantado.  Continuaba en la cama con la mirada extraviada.  Se sobresaltó al ver a su padre de pie junto a la puerta.  El la miraba con infinita ternura.
— ¿Qué crees que le pasó a Teresa?
— No lo sé.  Pero seguramente tiene que ver con ese novio que tenía.
— ¿Cuál novio?...  No sabía que tuviera un novio.
— Bueno en realidad no sé si eran novios, lo que sé es que ese tal Fernando la buscaba fuera del colegio los martes y viernes.
— Así que Fernando…  y no sabemos el apellido…
— No. 
— ¿Sabes algo más de ese Fernando? — es muy importante Rose
Márquez sentía que en esa conversación con su hija, sucedía algo que no lograba entender. Algo que le generaba ansiedad, una sensación que hasta ese momento desconocía.  Ella siempre había sido una chica muy extrovertida, dicharachera y en ese momento su intuición de padre le advertía que a ella le estaba costando mucho compartir lo que sabía de Fernando, así que prefirió callar, y esperar que ella se sintiera en confianza.
Ella rompió el silencio de pronto, y dijo
— Vive en la pensión de Doña Ana.  Hace un par de meses llegó a la isla en el ferry de los turistas, pero nunca se fue.  Y eso es todo lo que sé, comentó tajante.  Después se sumió en un profundo silencio.
Márquez no preguntó nada más.  Salió de la habitación con una mala sensación en la boca del estómago.  Quien carajo ese Fernando y que tenía que ver con todo aquello, y por qué razón su hija estaba tan afectada.  Con todo eso en la cabeza, salió directo a la pensión de Doña Ana. 
Inocencio Márquez, era un inspector de policía de los de antes, de aquellos que utilizaban el olfato de perro perdiguero, en las situaciones más comprometidas, incluso absurdas.  A sus 47 años se consideraba un hombre feliz y estable.  Se casó muy joven con el amor de su vida, y desde entonces la suerte siempre estuvo de su lado.  Querían tener muchos hijos, pero Dios no estuvo de acuerdo y solo les mandó una hija.  A pesar de eso, se consideraba realizado y feliz.  Llevaba 25 años, con todos sus días enamorado de la misma mujer, y para su buena suerte, ella también lo estaba de él.
Cuando a los 29 años se ganó un ascenso a inspector jefe, y lo mandaron como jefe de policía a la Isla de la Caridad, no tenía real conciencia del regalo que eso significaría en su vida. Un lugar paradisíaco, con menos de 10,000 habitantes, sin mayor delincuencia que lo cotidiano entre personas que se conocen de toda la vida, y alguno que otro alboroto producido por el licor.  Con todo y eso, en su tiempo en la isla había que tenido que resolver 7 asesinatos y un par de crímenes graves.  Pensaba que la muerte de Teresa Quintero le tomaba de una manera personal, porque la chica tenía la misma edad que Rose, y necesitaba esclarecer lo que pasó para asegurarse que eso no podría haberle pasado a su hija.  Con todas esas cosas en la cabeza, fue dando un rodea largo, hasta la pensión de Doña Ana.
La encontró en el comedor.  Cuando lo vio entrar, le hizo una seña para que se sentara en su mesa. 
— ¿Cómo esta, inspector Márquez? — resonó su voz.  Vaya trabajo miserable el suyo inspector, con este aguacero del demonio, y usted tratando de resolver algo tan triste.  ¿Qué le trae por acá?
— Un huésped suyo.  Uno que se llama Fernando y no sabemos su apellido. 
Ana, era una anciana de más de 70 años, había nacido, crecido y envejecido en la isla.  Conocía a todas las personas menores que ella y aunque el inspector no era originario de la isla, ella tenía el don de conocer a las personas con solo verlos.
— ¿Fernando?...  Si, tuvimos un huésped llamado Fernando Cianca.  Vino en el ferry de los turistas, me dijo que le había encantado este lugar, que se quedaría un tiempo, y me alquiló la habitación del fondo.  Pero hace unas dos semanas se fue. 
— ¿Sabe dónde fue?
— No.  Era un chico extraño.  Muy guapo y elegante, pero poco hablador.  Nunca comía aquí, no compartía con los otros huéspedes, sin embargo era muy correcto y educado. ¿Qué pasa con él inspector? ¿Tiene algo que ver con la muerte de Teresita?
— No lo sabemos, al parecer mantenían una relación.
—  ¿Con Teresita?— ¡Qué va!— eso no es posible.
— Porqué dice que no es posible, Ana.
— Ese chico Fernando, era mayor, como le dije sumamente educado, no creo que le interesara una chica de pueblo como Teresita, casi una niña.  Además en el tiempo que se quedó aquí, las mujeres del pueblo venían preguntando por él.  Aunque ahora que se lo cuento, nunca lo vi salir de aquí con ninguna de ellas, aun así siempre tuve la impresión que tenía mucha suerte con las mujeres.
— ¿Y como era en el asunto del pago de la habitación?
— Bueno, llego con una maleta, como le dije en el Ferry de los turistas.  Me pago seis meses por adelantado, pensión completa, aunque nunca comió aquí.  Se levantaba muy temprano y salía.  No sé adónde iba, ni que hacía.  Pero la verdad, no creo que ese chico haya tenido algo que ver con Teresa.
— Mi hija Rose, me ha contado que ese Fernando esperaba a Teresita Quintero dos veces por semana fuera de la escuela, los martes y los viernes.  La última persona que vio a Teresa con vida, fue Casilda, la cocinera de la casa Quintero.  Eso fue el viernes como a las 6 y media de la tarde.  Ella dijo que la muchacha hacía días que estaba un poco extraña, callada, ocupada en sus pensamientos, pero que el viernes cuando se encontró a Casilda parecía muy feliz y risueña,  salió por la puerta de la cocina con un paraguas y un capote, dijo que iba a la panadería a buscar pan, y nunca más la vieron con vida.   Casilda ya había terminado de preparar la cena, y se fue a su casa.  Los padres de Teresa, creyeron que estaba en su habitación, y no se alarmaron, no podían imaginar siquiera, que su hija, hubiese salido a la calle con semejante aguacero.  Y sabe algo más…  Nunca aparecieron el capote y el paraguas que Teresa llevaba la última vez que fue vista con vida.
— ¿Y usted realmente cree que ese muchacho tenga algo que ver con la muerte de Teresita?
— No lo sé Ana, tal vez, pero le puedo asegurar que todo esto me tiene muy intrigado.     ¿Tendrá por casualidad una foto de él?
— ¡No, qué va! —pero pruebe con Ramiro, el del estudio de fotos, como se dedica a eso, hace cientos de fotos a los turistas, si alguien aquí tiene una foto de ese Fernando debe ser Ramiro. 
El inspector Márquez se despidió, y le dijo que se mantendrían en contacto, que si recordaba algo más que no dudara en llamar.  Revisó su libreta de notas y se dio cuenta que el día no le iba alcanzar para todas las entrevistas que tenía pendientes.  Y ahora tenía que pasar al estudio de fotos.
Encontró a Ramiro limpiando los lentes de su cámara en la terraza de su local.  Era un hombre de pocas palabras, y alegre sonrisa.  Cuando lo vio acercarse, arrimó una silla para invitarlo a sentarse. 
— ¿Cómo está inspector, que le trae por aquí?
— Hola Ramiro, me trae por aquí, que necesito tu ayuda, con un turista de la isla
— ¿Turista?...  ¿Y como le puedo ayudar yo, con un turista?
El asunto es el siguiente, hace unos meses llegó a la isla un turista llamado Fernando Cianca, se alojó en le Pensión de Ana, y se quedó un tiempo.  Hace un par de semanas, se fue.  Necesito identificarlo y encontrarlo si es posible, pero no tengo una fotografía de él, y pensé que tal vez tú, podrías ayudarme con eso.  En los cientos de fotos que haces, es posible que aparezca…
… Es posible, sí.  — ¿Qué pasa con él exactamente? ¿Es sospechoso de algo?
—Tanto como sospechoso aun no, pero es lo que se dice una “persona de interés”, en la muerte de Teresita Quintero.
— Así que mataron a Teresa Quintero.
— Yo no dije eso, dije la muerte de Teresita, no el asesinato.
— Ah… pero si no la mató ¿porque le interesa?
— Digamos que es un corazonada, pero eso da igual, me ayudarías o no
— Claro que lo ayudaré, inspector. Pero necesito tiempo para buscar en mis fotografías, pero si  vino a la Isla, seguro tengo que haberle hecho una fotografía, es cuestión de buscar con cuidado.
El inspector se alejó del estudio de fotografía con la sensación que daba vueltas en círculos.  Dos semanas más tarde Ramiro Fuentes, el fotógrafo, le confirmó que por increíble que parezca, no tenía en su estudio ninguna fotografía de Fernando Cianca. Todas las pistas que llevaban a ese hombre se borraban irremediablemente.  Y el paso inexorable del tiempo se impuso en la vida de la isla enterrando la extraña muerte de Teresa Quintero.
La isla de la Caridad, un pequeño montículo de tierra fértil perdido en el inmenso Océano Atlántico, tenía en los años ochenta, aproximadamente 12,000 habitantes.  Más de la mitad vivía de la producción de azúcar y tabaco y el resto del turismo con sus mercados asociados como los hostales, cafeterías, restaurantes, y empresas ecoturísticas, que realizaban escapadas, excursiones o como dicen las revistas especializadas del tema “tours ecológicos”. La vida en los ochentas, en una isla preciosa perdida en alguna esquina del Océano, era apacible, tranquila, sin mayores sobresaltos,  por eso la muerte de Teresa Quintero marcó en la población esa señal de lo inconfesable, esa aura maligna que tienen los misterios sin resolver, que permiten desarrollar leyendas, y que poco a poco se convierte en la historia el pueblo.
En marzo de 1989, Gumersindo Quintero murió de un ataque al corazón en su casa mientras dormía la siesta de las  3 de la tarde.  Durante los seis años desde la muerte de Teresa, ni un solo día dejó de visitar al Inspector Márquez en su oficina, y revisar punto por punto toda la información obtenida de la muerte de su hija.  A pesar que el inspector Márquez, pidió ayuda a amigos investigadores, y a la policía continental, nunca pudieron encontrar ni una sola pista que los llevara a Fernando Cianca.  Por no tener, no tenían ni siquiera una imagen de él.  En un intento desesperado del Inspector, movido por la frustración de no saber qué había ocurrido, hizo traer del continente el mejor dibujante de retratos hablados que se conocía, un irlandés medio hippie que trabajaba para la policía de Chicago, el cual a través de los contactos de Márquez, llegó a la isla en el ferry de los turistas, y cual maestro de escuela, encerró a todos los que decían haber conocido a Fernando Cianca en la iglesia, y trabajo tres días seguidos en la confección del retrato.   Pero como cosa del demonio, después de 11 retratos diferentes, el pueblo no se ponía de a acuerdo cual era el rostro más parecido a Fernando Cianca, incluso podía decirse que cada retrato representaba una persona diferente.
Y así, pasó el tiempo.  Seis años después, murió Gumersindo Quintero, sin saber que había ocurrido con su hija.  Fue entonces que la gente de la isla, empezó a referirse a Teresa solo como “La muerta”, y así se quedó para la posteridad.
Inocencio Márquez, dedico el resto de su vida, a seguir investigando la muerte de Teresa Quintero.   Aunque los años pasaron, sin tener ni una sola pista más, el nunca dejó de buscarla.  Se jubiló a los 65 años y desde entonces tuvo todos los días de todas las semanas del año para su investigación que más que investigación se convirtió en una obsesión.

El tiempo en la isla, siempre fue que más lento que en el resto del mundo.  Casi sin  darse cuenta, una mañana Inocencio Márquez despertó con los gritos de alborozo de su mujer anunciándole, que eran bisabuelos.  Su nieta Rosita había dado a luz un hermoso niño en el hospital y su hija Rose había venido corriendo a casa con el marido para compartir la buena nueva.  Fue en ese momento que se dio cuenta.  “Han pasado treinta años”.  Y pensó en la muerta. Ese preciso día hacían treinta años que se había encontrado el cuerpo de Teresita Quintero en las raíces de un árbol cerca del río, y empezó a llorar.  Su mujer, sorprendida de verlo llorando, le dijo:
— No sabía que fueras tan pendejo Márquez, Rosita y el niño están bien.
— ¿Qué pasa, que un viejo no puede llorar ni en su casa? _ contestó de mala manera, y continúo llorando por la muerta, sin que su mujer pudiera verlo.
Dos domingos más tarde, bautizaban a José Inocencio Carrera Figueroa en la Iglesia de la Virgen de la Caridad.  Inocencio Márquez era el padrino y la abuela paterna del niño, Doña Leticia Rodríguez De Carrera era la madrina.  Ese día, el ferry de los turistas llegó más temprano que de costumbre y la misa comenzó más tarde.  Algunos turistas aprovecharon para ir a misa en la isla, entre ellos Daniel Martínez, un chico de 23 años que se dedicaba a realizar fotos, que luego exponía y vendía en una página de fotografía en Internet.  Al salir de la iglesia, preguntó dónde podía conseguir una habitación, pues pensaba quedarse una semana en la isla para hacer fotografías.  El antiguo hostal de Doña Ana, había sido reformado por sus nietos, que con el tiempo lo habían convertido en un pintoresco hotel de isla, con 32 habitaciones, la mitad con aire acondicionado, dos amplios salones, un restaurante, una cafetería y un bar.  Contaban con un área para juegos de azar, además de facilidades para internet, por un elevado costo por hora.
El almuerzo del bautizo se celebró en uno de los salones del Hotel, así que cuando Daniel Martínez se estaba registrando, vio pasar el convite, y se ofreció totalmente gratis, para hacer las fotos, si la familia estaba de acuerdo.  Inocencio Márquez dijo que sí, envolatado por la alegría efímera del bautizo de su bisnieto, pero con la condición que le pagaría el trabajo al joven.  Fue un día muy feliz, y por unas horas, Inocencio Márquez, olvido a su muerta, el diluvio, los treinta años transcurridos, la frustración en los ojos de la madre de Teresa, y se dedicó a disfrutar a su familia y amigos.
Al día siguiente Daniel salió muy temprano.  En el hotel le informaron que cerca del río había un mirador donde en las mañanas, se podían observar aves muy extrañas.  Decidió empezar por ahí su trabajo.  Cuando llegaba al lugar que le habían dicho distinguió a lo lejos una figura de mujer, casi una niña, con la mirada perdida, como esperando que las aves extrañas que él venía a fotografiar, aparecieran de un momento a otro. Al acercarse, pudo ver sus hermosos rasgos, y empezó a silbar bajito para no asustarla.
— Buenos días señorita, no sabía que en esta isla las chicas guapas madrugaran tanto, dijo con un tono meloso. Ella se volteó y lo miró un minuto largo, con sus profundos ojos negros, penetrantes, muy seria, y Daniel sintió un pinchazo en el corazón.  Luego sonrió. 
— Buenos días para usted, que busca usted en mi isla, dijo ella iluminándole. 
Daniel Martínez, lo supo enseguida.  Esas cosas del amor, esa cosa que te atrapa en dos segundos dentro de la telaraña esponjosa de unos ojos negros, una sonrisa maravillosa, y una voz profunda.
— Supongo que la buscaba a usted, pero no lo sabía.  Así que como no lo sabía buscaba aves extrañas para fotografiar.  Vendo mis fotografías, sabe usted.  Tengo un sitio en Internet, dijo con orgullo.
— y que cosa es Internet, dijo ella
Daniel Martínez no podía creer que esa chica que aparentaba unos 18 años, no supiera que cosa era Internet.  Pero en ese momento no le importaba.  De todas formas estaba en una isla perdida en el Océano infinito, y la punzada en el corazón le decía que lo de menos era si ella sabía o no que era Internet, o cualquier cosa que tuviera que explicarle, ya que para eso él tendría el resto de su vida, con sus minutos, segundos, semanas y años, para lo que ella quisiera saber.  Y se asustó un poco de todo lo que sentía, lo que pensaba.
— ¿Cómo te llamas? —indagó el
— Mi nombre es muy feo, pero mi diminutivo es Yeli.  Me gusta Yeli.
— Yo soy Daniel, mucho gusto.
— Hola Daniel, allí vienen tus aves extrañas, así que si le vas hacer fotos, es el momento.
Pasaron todo el día juntos.  Hicieron fotos, de aves, del río, de los paisajes.  Por la tarde, estuvieron en una playa alejada, y vieron lobos de mar.  Hizo fotografías increíbles.  A las tres de la tarde, él se moría de hambre literalmente, y pensó que Yeli también estaría hambrienta.  La invito a comer, pero ella dulcemente declino la invitación, y le dijo que tenía que irse.  Se vieron al día siguiente, y al otro y al otro.  Había algo en esa chica que lo tenía prisionero, pero no sabía con exactitud que era. El romance con Yeli, lo absorbió por completo. No se dio cuenta de lo aislado que estaba, solo pensando en ella cuando no estaban juntos, y solo con ella, cuando estaban juntos.
Pasaron tres semanas y a él le pareció que era su vida entera, y que tenía que hacer algo urgente porque ya no podría vivir sin ella.  Fue entonces que decidió conocer a la familia de Yeli, el dinero se le estaba agotando, y él tenía que regresar al continente, hablar con sus padres, regresar a buscarla, casarse con ella y tener tres niños.
Una tarde, en la playa solitaria le dijo que quería conocer a sus padres.  Ella se puso tensa.
— Yeli, necesito regresar al continente, pero quiero casarme contigo.  Hablemos con tu familia, y si todo está bien, haremos un compromiso, y volveré con mis padres, para casarme contigo.  Mientras hablaba se dio cuenta de lo poco que sabía de esa mujer, sin embargo le estaba ofreciendo, matrimonio, un amor incondicional, y el resto de su vida a su lado.
— Pero si tú no me conoces Daniel en serio quieres todo esto.  ¿Estar conmigo para siempre?
— En serio quiero todo eso.
Ella se quedó en silencio.  Esos silencios largos que el detestaba tanto.
— Esta bien Daniel.  Esto será lo que haremos.  Se levantó de la arena, sacudiéndose.  Eran las tres de la tarde, y tenían que irse.   — Ve esta noche a mi casa, te presentaré a mi madre.  Era un día muy caluroso de enero, el sol estaba radiante, en pleno verano del trópico.  Ella miró al cielo, no había ni una sola nube.  Se quedó extasiada, mirando ese cielo tan azul, y en voz muy baja, apenas audible, dijo: — “Creo que lloverá esta noche”
— ¿Llover? ¿Estás loca? 
Ella lo volvió atrapar en la mirada, y sonrió — Si Daniel, te dejo mi paraguas, para que no te mojes esta noche cuando vayas a conocer a mi madre.
Regresaron de la playa y como cada día, en la entrada del cementerio, regresando al pueblo se despidieron, ella le tomo el brazo y le copió la dirección de su casa, y salió apurado al hotel a cambiarse.  A las 7 de la noche, bajo a la recepción, y le preguntó al empleado como llegar a la dirección que le había dado Yeli.  Mientras le daba las señas para llegar, afuera empezó a llover.  Todos se sorprendieron mucho de esa lluvia, y el recordó que ella le había dado el paraguas.  Subió a la habitación por el paraguas, y encontró un capote para lluvia en su cama, y pensó que era del hotel y lo tomó.  Salió deprisa a la calle, y pudo comprobar que el aguacero no había hecho más que empezar.  No comprendía como podía estar lloviendo así con el cielo azul que habían tenido esa tarde. 
Tardó unos veinte minutos en llegar a la casa de Yeli, y se encontró con una casona antigua y lúgubre, casi totalmente a oscuras, y llegó a creer que se había equivocado de dirección.  De todas maneras, toco el timbre varias veces.  El aguacero era ahora muy fuerte, y él se estaba mojando, y tal vez podría quedarse ahí hasta que escampara.  Escuchó unos pasos arrastrados que se acercaban a la puerta, y escucho el chirriar de los goznes de la puerta antigua.  Enseguida, escuchó el saludo de una voz casi tan antigua como la casa
— Buenas noches, que se le ofrece
— Disculpe, creo que me he equivocado, ¿esta es la casa de Yeli Quintero?
No recibió respuesta.  Sin embargo vio cómo se encendían todas las luces del portal y la puerta antigua, se abría de par en par.  En la puerta, una silueta de una anciana delgada se recortaba contra el fondo.  Llevaba un chal de lana, y un vestido oscuro.  Y los ojos…  esos ojos negros, impenetrables, y profundos.  Daniel sintió miedo, de pronto los huesos se le habían llenado de espuma caliente, y quiso huir.  No entendía lo que pasaba.
La mujer, lo miró unos minutos.  Luego habló:
— ¿Cómo dijo?_ ¿Yeli Quintero?
Daniel tragó, y dejó de sentir sus piernas, no sabía que le pasaba.
— Mire joven no sé quién será usted, ni porque se aparece aquí debajo de este aguacero para hacerme esta broma tan cruel, así que mejor váyase por donde vino… y en eso la anciana, vio el paraguas que Daniel sujetaba con fuerza, como para no caerse. Reparó en el capote, y entonces la mujer tuvo que sostenerse en la puerta.  Con un hilo de voz, dijo lentamente:
— Quien le dio a usted ese paraguas y ese capote, y le dijo que viniera a mi puerta a atormentarme.  La mujer había subido la voz, y Daniel no sabía cómo reaccionar.
— Señora, señora… fue ella, Yeli me dijo que esta era su casa, y que aquí vivía su madre.
La mujer se desplomó llorando. Daniel no sabía qué hacer.  La escuchaba murmurar, no es posible, no es posible…
Se quedó paralizado, el corazón desbocado, y la anciana en el suelo diciendo cosas sin sentido.  Daniel quería hablar, quería explicar, pero no podía.  Trato de calmarse, y escuchar lo que la mujer decía. 
—Ella está muerta, hace 30 años que está muerta.  ¿Quién le dio ese paraguas? ¿Porque me hace esto?
Mientras escuchaba a la mujer, el trataba de calmarse y ordenar las ideas. ¿Muerta?... como puede estar muerta, si él tenía tres semanas enteras respirándola, tocándola, sintiéndola, como puede ser eso posible…
—Lo siento mucho señora, no entiendo nada.  Estoy enamorado de una joven que me dijo que se llamaba Yeli Quintero, que vivía con su madre, que su padre estaba muerto, y que vivía en esta dirección.  Esta tarde me dijo que cenaríamos aquí, y es todo lo que sé.  No es ninguna broma.
No pudo más, tomó el paraguas, se puso el capote, y salió corriendo en pleno aguacero torrencial dejando a Juanita Sánchez, llorando aturdida en el portal de su casa.  Fue a última vez que alguien vio a Daniel Martínez con vida.
Hubo un aguacero monumental en la isla.  Los viejos recordaron que hace treinta años que no se registraban inundaciones parecidas. Inocencio Márquez tuvo la clarividencia de saber, que eso era un ciclo que se repetía y al quinto  día se puso un lino encerado y fue a casa de Juanita Sánchez a ver como estaba.  Toco la puerta, pero la encontró entreabierta.  Cuando llego al salón, encontró en la mecedora a Juanita.  Primero pensó que dormía, pero enseguida recordó la expresión de Teresa Quintero cuando la encontraron.  Juanita estaba muerta, de la misma manera.
Llovió dos semanas ininterrumpidamente y los ríos se habían desbordaron causando una conmoción general en el pueblo.  Se reportaron pérdidas en las fincas anegadas, y la alcaldía decretó un estado de emergencia por segunda vez, desde que se tenía memoria.
En medio de toda la confusión encontraron el cuerpo Daniel Martínez, acostado en las raíces de un árbol, dando la impresión de que estuviera dormido.
Esa tarde, en el ferry de los turistas, llegaron los padres de Daniel Martínez, porque su hijo les había escrito dos semanas antes, para decirles que se casaba y que esa misma noche cenaría con su futura suegra y la novia.  Luego no tuvieron más comunicación con él.
Cuando los padres de Daniel fueron llevados a la morgue a identificar el cuerpo, se encontraron con Inocencio Márquez que los recibió intrigado con todo el misterio, y para informarles que la muerte de su hijo no tenía explicación alguna.  Se ofreció a ayudarles con los trámites para que pudieran llevarse a su hijo lo más pronto posible.
Al día siguiente, cuando fue a retirar el certificado de defunción Inocencio Márquez, leyó que el cadáver encontrado en el río pertenecía a Daniel Cianca Martínez, hijo de Fernando Cianca, y Margarita Martínez. Cuando llego al hotel los padres de Daniel, ya no estaban en la isla, habían partido en el primer ferry, y nadie parecía saber cómo contactarlos.
Daniel Martínez, fue enterrado en el cementerio de la Isla de la Caridad, junto a la tumba de Teresa Envangelia “Yeli” Quintero Sánchez.   Después de entierro Inocencio Márquez, viendo las tumbas, pensó que al final Daniel Martínez, si tuvo una cena con su novia y sus suegros.


































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